texto contemporáneo sobre el monte nativo, la selva paranaense, la sonoridad del territorio misionero y la experiencia de la escucha como forma de conocimiento.
Miro el monteMiro el monte
como quien abre un sobre antiguo
y espera que respire.Escudriño
y el verde me sostiene la mirada.La floresta se ordena
se desordena.La epidermis de sombra húmeda
irradia un pulso
que no aprendí en tus libros.El suelo preñado de hierro
exhibe su hueso de basalto.Se abre una garganta
pulida por siglos
para el humus tibio
que pare semillas
y la memoria
de lo que cayó.Camino.
La tierra se me pega
como si quisiera nombrarmeEscucho.
¿Qué suena
cuando el monte se piensa?El surucuá
abre la mañana
con una sílaba azul.El tucán grande
desplaza el aire
como un fruto que cae.La jacutinga se mueve
entre el guatambú y el lapacho.Su vuelo
hace crujir la hojarasca
como un texto antiguo
que se vuelve a leer.Las tacuaras se inclinan
los helechos levantan espirales
las orquídeas aparecen
sin pedir permiso.El palmito juçara
guarda altura
para un tiempo
que no es el mío.Digo Yabotí
y el nombre
ya es agua.Digo Urugua-í
y algo corre
por debajo del canto.Solo una vez
nombro Paraná
porque el río insiste
y no hay silencio
que lo contenga.Me pregunto
si la sonoridad
nace del roce
del ala contra la hoja,
de la savia subiendoo de esta energía
que nos atraviesa,
que sucumbe
en estado de escucha.Hay algo insonoro
no se deja veruna vibración
no percibida aún
sostiene el monte
y me sostiene a mí.
Como si el paisaje
se desdoblara
y, en el espejo de una gota,
me enseñara su lengua.






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