Hipótesis de madera
Carta desde Londres, enero de 2001.
Ordené mis pertrechos para cruzar
un mar, el andén, la estación, el puente
con la cautela de quien atraviesa
tanteaba el borde del portal con las pupilas.
Ese mediodía la luz
rozaba el agua espesa del Támesis
para bruñir su aroma férreo.
Antes de los puentes ¿cómo fue el río?
arteria, acceso, mercados en la orilla,
las cuerdas en los muelles, cestos de pescado
sobre tablas negras.
Cómo se dibujó el camino de comediantes,
de telas húmedas, de voces superpuestas.
Cuando la ciudad olía, ¿a qué?
carbón, cerveza, humo, lana, lluvia.
Me confundo y camino
enmascarando la facha de turista
mientras exhalo dibujos de vapor.
Voy a un vértice de historia.
Treinta años apenas pesan
en la conciencia nueva del cuerpo en viaje.
Improviso, nada puede repetirse.
Muy al norte cruzo al sur y busco el teatro.
Voy como una ruina
con el ojo niño que tira del alma anciana.
El río de memoria líquida.
La ciudad financiera al frente,
afilada, vertical.
Me detengo en la puerta oscura
Animales forjados, un caballo, un ruiseñor.
La amapola, máscaras y
una advertencia leve
sobre lo que se abandona al cruzarlo.
Abro la mochila, enciendo, disparo,
-puedo revelar en tira de 6x6-
Adentro,
la madera sostiene la hipótesis
de la conjetura habitable.
El patio abierto al cielo.
El círculo de gradas.
El escenario adelantado,
como un gesto que no retrocede.
Me acerco al proscenio.
El borde del tablado
avanza hacia el público de pie.
Hoy no hay nadie acá.
Entonces bailo el silencio del globo.
Imagino el espacio apretado,
colmado de cuerpos
respiraciones mezcladas,
manos manchadas de barro y moneda.
Mis retinas mareadas de sed
se aguzan, indagan cómo pudo
haber sonado el tiempo acá.
Pienso en mujeres
las que estuvieron
y las que no.
En las voces prestadas
que las reemplazaron.
En la ficción como territorio
donde el género era máscara
y límite.
Permanezco.
No necesito función.
La representación ocurre
en el recuerdo acumulado de la tarima,
en la vibración del espacio circular
que devuelve cualquier susurro.
El cielo es bajo,
sin solemnidad. Hay intemperie.
Este anfiteatro es una pregunta
material:
¿cómo se encarna el tiempo
sin volverse museo?
Apoyo la mano en la veta fría.
Soy yo la que tiene fiebre.




