10 de marzo de 2026

hipótesis de madera

 

Hipótesis de madera

Carta desde Londres, enero de 2001.

 

Ordené mis pertrechos para cruzar

un mar, el andén, la estación, el puente

con la cautela de quien atraviesa

tanteaba el borde del portal con las pupilas.

Ese mediodía la luz

rozaba el agua espesa del Támesis

para bruñir su aroma férreo.

 

Antes de los puentes ¿cómo fue el río?

arteria, acceso, mercados en la orilla,

las cuerdas en los muelles, cestos de pescado

sobre tablas negras.

Cómo se dibujó el camino de comediantes,

de telas húmedas, de voces superpuestas.

Cuando la ciudad olía, ¿a qué?

carbón, cerveza, humo, lana, lluvia.

Me confundo y camino

enmascarando la facha de turista

mientras exhalo dibujos de vapor.

Voy a un vértice de historia.

 

Treinta años apenas pesan

en la conciencia nueva del cuerpo en viaje.

Improviso, nada puede repetirse.

Muy al norte cruzo al sur y busco el teatro.

Voy como una ruina

con el ojo niño que tira del alma anciana.

 

El río de memoria líquida.

La ciudad financiera al frente,

afilada, vertical.

Me detengo en la puerta oscura

Animales forjados, un caballo, un ruiseñor.

La amapola, máscaras y

una advertencia leve

sobre lo que se abandona al cruzarlo.

Abro la mochila, enciendo, disparo,

-puedo revelar en tira de 6x6-

 

Adentro,

la madera sostiene la hipótesis

de la conjetura habitable.

El patio abierto al cielo.

El círculo de gradas.

El escenario adelantado,

como un gesto que no retrocede.

Me acerco al proscenio.

El borde del tablado

avanza hacia el público de pie.

 

Hoy no hay nadie acá.

Entonces bailo el silencio del globo.

Imagino el espacio apretado,

colmado de cuerpos

respiraciones mezcladas,

manos manchadas de barro y moneda.

Mis retinas mareadas de sed

se aguzan, indagan cómo pudo

haber sonado el tiempo acá.

Pienso en mujeres

las que estuvieron

y las que no.

En las voces prestadas

que las reemplazaron.

En la ficción como territorio

donde el género era máscara

y límite.

 

Permanezco.

No necesito función.

La representación ocurre

en el recuerdo acumulado de la tarima,

en la vibración del espacio circular

que devuelve cualquier susurro.

El cielo es bajo,

sin solemnidad. Hay intemperie.

 

Este anfiteatro es una pregunta

material:

¿cómo se encarna el tiempo

sin volverse museo?

Apoyo la mano en la veta fría.

Soy yo la que tiene fiebre.

 

21 de febrero de 2026

No es una ciudad

No es una ciudad

Güembé

Rosario en verano
es un estado del cuerpo.


El asfalto escupe
su respiración espesa
las veredas devuelven el sol
como si no hubiera 

sombra suficiente
para la siesta acumulada.

 

La luz suda.


Debajo de las pestañas
la mirada se mueve
entre lo que quema

y lo que persiste.

Los edificios se inclinan
con irregularidad aprendida
paredes que guardan veranos antiguos
persianas donde la penumbra
bosteza.

15 de enero de 2026

Monte idioma | Poema sobre el monte misionero y la selva paranaense


Selva misionera archivo personal

texto contemporáneo sobre el monte nativo, la selva paranaense, la sonoridad del territorio misionero y la experiencia de la escucha como forma de conocimiento. 

Miro el monte

Miro el monte
como quien abre un sobre antiguo
y espera que respire.

Escudriño
y el verde me sostiene la mirada.

La floresta se ordena
se desordena.

La epidermis de sombra húmeda
irradia un pulso
que no aprendí en tus libros.

El suelo preñado de hierro
exhibe su hueso de basalto.

Se abre una garganta
pulida por siglos
para el humus tibio
que pare semillas
y la memoria
de lo que cayó.

Camino.
La tierra se me pega
como si quisiera nombrarme

Escucho.

¿Qué suena
cuando el monte se piensa?

El surucuá
abre la mañana
con una sílaba azul.

El tucán grande
desplaza el aire
como un fruto que cae.

La jacutinga se mueve
entre el guatambú y el lapacho.

Su vuelo
hace crujir la hojarasca
como un texto antiguo
que se vuelve a leer.

Las tacuaras se inclinan
los helechos levantan espirales
las orquídeas aparecen
sin pedir permiso.

El palmito juçara
guarda altura
para un tiempo
que no es el mío.

Digo Yabotí
y el nombre
ya es agua.

Digo Urugua-í
y algo corre
por debajo del canto.

Solo una vez
nombro Paraná
porque el río insiste
y no hay silencio
que lo contenga.

Me pregunto
si la sonoridad
nace del roce
del ala contra la hoja,
de la savia subiendo

o de esta energía
que nos atraviesa,
que sucumbe
en estado de escucha.

Hay algo insonoro
no se deja ver

una vibración
no percibida aún
sostiene el monte
y me sostiene a mí.

Como si el paisaje
se desdoblara
y, en el espejo de una gota,
me enseñara su lengua.


 

 
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